Por: Jose Manuel García Bautista

Uno de los lugares más bellos que podemos encontrar dentro del cementerio de Sevilla, del cementerio de San Fernando, es aquella isleta donde nos encontramos con un imponente Cristo que es, popularmente, llamado como «De las mieles» y que tiene una leyenda tan hermosa que es casi imposible no emocionarse cuando se tiene conocimiento de ella.

Es un crucificado realizado en bronce y está ubicado en la glorieta principal del mismo. Su autor fue un excepcional escultor sevillano llamado Antonio Susillo, que vivió, sufrió y murió en la Sevilla del siglo XIX.

Se cuenta de Susillo que era un magnífico escultor de humilde cuna y que fue uno de los descubrimientos de la duquesa de Montpensier, aquella que tenía su residencia en el entorno de nuestro hoy Parque de María Luisa y que no dejaba de ser parte de su palacio en la ciudad.

Fue ella quién costeó los primeros estudios de Antonio Susillo, una especie de mecenas del Arte. Así fue como se fue haciendo un sitio entre los artistas preferidos de la aristocracia hispalense de la época y con la que ganó buenos dineros.

Cuenta la historia heterodoxa que Susillo comenzó a realizar el Cristo pero las piernas fueron esculpidas al revés. No fue hasta tener acabada la obra cuando reparó en tan tremendo -para él- error y le llegó a un estado de gran agitación, de ansiedad, de angustia.

Detalle de las piernas del Cristo de las Mieles
Detalle de las piernas del Cristo de las Mieles – V. Gómez

Cuentan que no pudo resolver el conflicto interno que se le había creado y que optó por el medio más rápido para acabar con todo: lo encontraron en su estudio, sin vida…

La Sevilla de la época se conmocionó con lo sucedido y pensaron que él que había dejado su vida esculpiendo aquel Cristo no encontraría mejor lugar de descanso que el de reposar bajo el mismo.

Realmente Antonio Susillo se disparó, se quitó la vida de esa forma, en unos casos se dice que fue como parte de un problema familiar, en otros por una situación económica delicada, se podría profundizar en ello pero se alejaría mucho este relato de la leyenda que pretendo desarrollarle.

Sea como fuere allí, en aquella glorieta quedaría, su imponente Cristo y sus restos mortales. No sin problemas -pues el suicidio estaba penado por la Iglesia- fue enterrado en el cementerio de San Fernando bajo su inmortal obra.

En cierta ocasión alguien observó cómo brillaba en la boca del Cristo. Aquello era inexplicable. Subieron a comprobar de que se trataba y comprobaron que se debía a que una colmena de laboriosas abejas se había instalado en las partes huecas del mismo, el calor hizo que se calentara aquel líquido dorado que brotó de la boca de la imagen que, desde entonces, pasaría a llamarse como «Cristo de las Mieles».

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