Por: Jose Manuel García Bautista

Corría el siglo XVI. Catalina de Ribera y don Fadrique Henríquez de Ribera, su hijo, a la sazón marqueses de Tarifa, comenzaron una magna obra caritativa en Sevilla. La ciudad disponía de numerosas instalaciones hospitalarias. Eran hospitales que se dedicaban a la atención de pobres, comerciantes, miembros de los gremios y hermandades.

En esa época destacan los hospitales como el Hospital Real, fundado por Alfonso X El Sabio –destinados a los soldados heridos en guerra-, el Hospital de San Lázaro –leprosos-, el Hospital de los Locos de don Marcos Sánchez Contreras o el Hospital de la Misericordia, entre otros.

Tantos hospitales en Sevilla, muchos de ellos minúsculos, llevaron a un caos hospitalario y se llamó a la unificación para reducir ese «despropósito». Catalina de Ribera adquirió frente a la muralla de la Macarena un solar a la hermandad del Silencio y lo eligió como lugar para construir el magnífico hospital de las Cinco Llagas, que se comenzó a construir en 1546 por el arquitecto Martín de Gaínza, concluyendo la obra del que sería, en su día, el hospital más grande de Europa, en 1598 por Asensio de Maeda.

No se escatimaron medios ni gastos, el edificio en estilo renacentista destacaba por su grandiosidad y belleza.

La sevillana Alameda

En tiempos pretéritos el río Guadalquivir tenía un curso bien diferente al actual, lejos de cruzar Sevilla por su curso actual lo hacía por el centro histórico de la ciudad dejando aguas muertas en toda la zona de la calle Feria y San Marcos. Quedó reducido a la categoría de charca cuando se cerró el río por Barqueta, originando los consiguientes problemas pues no dejaba de ser una especie de laguna en la que se concentraban las aguas de las lluvias y crecía la vegetación salvaje y descontrolada creando también en ella un infecto depósito de aguas residuales que provenía del barrio de San Lorenzo y la calle Feria.

Así, el conde de Barajas se decidió a sanear aquel despropósito y se comenzó a achicar las aguas de la laguna para posteriormente ser desecada. Una vez desecada se rellenó de tierra y cubrió con el típico albero alcalareño. Una vez realizado esto se comenzó la siembra de árboles que con sus raíces dieran consistencia y solidez al nuevo espacio. Se plantaron álamos y otras plantas creando un bello paseo que se le llamaría como Alameda.

Con posterioridad se engalanó aquel nuevo espacio con columnas monumentales extraídas de la calle Mármoles de un viejo templo romano (cuyos vestigios aún pueden ser visitados). El escultor Diego de Pesquera realizó dos estatuas muy significativas para la ciudad y llamadas a coronar la cima de aquellas columnas: Hércules, el mítico fundador de Sevilla, y Julio César, gran benefactor de la ciudad que concedió a Sevilla el mismo estatus de privilegio que Roma.

Dos siglos después se añadieron dos estatuas más que encarnaría a los personajes como Carlos I, el Emperador, y el rey Felipe II.

La Alameda queda inaugurada oficialmente el 15 de Agosto de 1574.

 

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