or: Jose Manuel García Bautista

La magia que despierta una cueva en el ser humano es ancestral, desde el origen de nuestra Humanidad, cuando se vivía en cavernas, se trató de plasmar todo el encanto, los rituales, sortilegios y fascinación que despertaba la vida en sus toscas paredes.

Cuevas que registran el paso de la Humanidad tenemos en toda Europa aunque Atapuerca o Altamira despierta la admiración y fascinación para todo el que la contempla, en uno casos por sus singulares restos que nos llevan a conocer mejor nuestro pasado, en otros por las pinturas que han pasado a ser la denominada como “Capilla Sixtina” de la Prehistoria en un símil más que correcto con la inigualable obra de Miguel Ángel en el Renacimiento.

Pero en Cádiz tenemos una que merecería ser parte de la obra de Juan Gómez “Las cuevas y sus misterios”, un reciente artículo de un genio y un Sabio como Eduardo Arboleda, me ha hecho ir a conocerla… Se trata de la del Higueral, en plena Sierra Valleja, una cavidad cárstica con millones de años de antigüedad que el líquido elemento, el agua, se ha encargado de dar forma pausada con el paso de los siglos, de los milenios… Su belleza es inimaginable.

La importancia de esta cueva estriba en lo que nos hace conocer de los periodos de la Tierra y de la Humanidad, al ocaso del “Hombre de Neandertal” que estuvo presente en la Península Ibérica y hasta que pudo tener hibridación con el sapiens (como demuestran los restos de Lisboa o Croacia), de la relación con otros homínidos o con los mismísimos cromañones. Todo nos hace viajar en el tiempo, casi 30.000 años atrás.

Usos y herramientas de aquellos primitivos seres en lo que consideraban acertadamente su hogar, un refugio de las bestias, de los depredadores, un lugar que decorar con escenas de la vida cotidiana lejos de su imaginación. Aunque la cueva del Higueral sea como no es tanto a destacar en lo pictórico -que no tiene- como en lo cotidiano destacando la sala principal donde se desarrolló la vida y en que se estableció como lugar de cultos y ritos funerarios con enterramientos y donde se compartía con todos los miembros del grupo, con las familias.

La erosión, la humedad, el agua -se encuentra próxima a los ríos Guadalete y el Majaceite-, han podido borrar las pinturas existentes; la sala interior tiene una gran altura, con 15 metros de altura y trazas de la gelifracción; toda la cueva tiene diferentes niveles, los superiores solutrenses encontrándose utensilios con casi 20.000 años de antigüedad como puntas de flechas o toscos restos de hachas o un diente de carcharodón como flecha. El sexto nivel es del Paleolítico Superior, más de 30.000 años, y también tiene el vestigio neandertal.

Otros cuatro niveles se entienden en la cueva que podría llevarnos una época cercana a la de la mítica de Atapuerca y la encontramos en el corazón de la provincia de Cádiz.

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