Por: Jose Manuel García Bautista

Sin dudas es uno de los objetos que más provocan mi fascinación y admiración, ese objeto es el más analizado, investigado y estudiado de la Cristiandad y casi del mundo; su importancia va más allá de la Fe y la Ciencia; su trascendencia es tal que tiene un impacto directo sobre millones de personas, me estoy refiriendo a la Sábana Santa, la llamada Síndone de Turín.

Es una pieza de lino de 4,36 metros por 1,10 metros; muestra la imagen frontal y dorsal de una persona de 1,82 metros de estatura que se tapa las partes pudendas. La imagen de la persona que contiene es de color parduzco, apenas se puede contemplar desde corta distancia, sin embargo, si nos alejamos y la observamos, vemos como ante nuestros ojos comienza a formarse la imagen del Hombre de la Sábana Santa.

Reconozco mi decepción tras ver la reliquia en la última ostensión tras su restauración, en el pase realizado para la prensa y los medios de comunicación la Sábana Santa lucía remozada, más clara y sin la tela de Holanda –que servía para tensarla-; pero aun así seguía conteniendo un eterno y sagrado secreto, un inmortal misterio.

El Hombre de la Sábana Santa muestra huellas de una pasión conocida, de la Pasión de Cristo. Es un hombre que ha sido crucificado, así nos lo muestra que haya sido clavado por las extremidades, por las “muñecas” y los pies, que ha sido azotado cruel y terriblemente, que se le ha colocado algo en la cabeza que le ha provocado múltiples laceraciones y heridas; pero además presenta en uno de sus costados una tremenda herida producida por un objeto punzante de la cual ha manado abundante sangre.

Si revisamos la Historia de nuestra Humanidad hay unos documentos que recogen la muerte de una persona hacia el año 30 d.C. o 33 d.C. en el monte Gólgota de Jerusalén. Allí se justiciaba a los condenados por el Imperio, a los malhechores y enemigos de Roma. Allí se condenó a morir a Jesús de Nazaret, que distaba mucho de ser un malhechor o un enemigo de Roma. Pero Él ya tenía su destino desde antes de nacer y aquel destino era la cruz.

La Historia de la reliquia comienza en el momento que el procurador romano Poncio Pilatos accede a que se baje el cuerpo sin vida del crucificado y sea trasladado a un sepulcro propiedad de José de Arimatea, un influyente miembro de la sociedad de la época; se desclava del madero y es ubicado en una inmensa sábana de lino propiedad del mismo seguidor de Cristo. Es atado con un trozo de la misma sábana (una tira que se arranca de unos 10 centímetros de ancho y 4,36 metros de largo) y llevado a toda prisa a un lugar cercano al Gólgota donde estaba el sepulcro. Allí es rápidamente adecentado con áloe y mirra y dejado pues era la fecha sagrada y no se podía continuar ninguna actividad.

Tras tres días en el sepulcro se produce en su interior un fenómeno que desconocemos y el cadáver desaparece dejando sólo las vendas y el lienzo. Todos creen que el Cuerpo ha sido robado pero, sus discípulos, saben que él habló de vencer a la muerte, de un momento mágico: la Resurrección (es cuestión de fe).

La tela, que había estado en contacto con un fallecido no podía ser tocado por ningún judío (por ley) y seguramente fue puesta a buen recaudo por un seguidor griego (que no profesaba y cumplía la misma religión). Ocultada en Jerusalén permanece allí hasta que las tropas del general romano Tito entra en la ciudad y la destroza. Huyen de Jerusalén con el lienzo y, curiosamente, reaparece en el reino de Edesa (hoy Urfa en Turquía), allí el rey Adgaro V padece de lepra, y siendo contemporáneo de Cristo, tiene la certeza que si se cubre con su mortaja sanará, y así sucede. Desde entonces se venera en el reino la reliquia, hasta que el rey persa Cosroes II amenaza aquel reino y es escondido el lienzo en las murallas de la ciudad, ya estaba plegado y sólo dejaba ver su rostro.

Sin embargo la tradición y sus guardianes sabían dónde estaba aquella reliquia y por orden del emperador es trasladado a Constantinopla teniéndose constancia de ello por documentos del siglo X.

El siguiente contacto con ella lo tienen los cruzados hacia el siglo XIII, 1201 y 1204, en la iglesia de Santa María de las Blaquernas en Constantinopla. Cuando los cruzado entran en la ciudad, los hombre de Oton de la Roche, la roban. Según los estudios de Barbara Frale, la Sábana Santa pasa a Atenas y de allí aparece en Francia donde si comienza una más que documentada y data presencia, en Lirey, Chambery, Turín… Especialmente dramático es el año 1532 en el que se produce un incendio en la capilla donde se la venera (con no poca controversia) y una gota de plata cae sobre el lienzo plegado originando una serie de marcas triangulares casi simétricas muy distinguibles. Las clarisas se encargan de remendar el lienzo y protegerla.

Es San Carlos Borromeo el que, por una promesa de librar su ciudad de la peste, promete ir a pie hasta Francia y rezar a la reliquia. La propietaria ya de la Sábana Santa, la Casa de Saboya (que la había comprado a cambio de un castillo) la traslada a Turín, a “mitad de camino” para evitar al santo aquel viaje y allí queda ya la reliquia a la que se construiría una capilla, de Guarini, donde aún permanece.

En 1898, para una de las conmemoraciones de la casa de Saboya, el abogado y fotógrafo amateur Seconda Pia, debidamente requeridos sus servicios, realiza una fotografía que conmocionaría al mundo: la fotografía mostraba la imagen en “negativo” del Hombre de la Sábana Santa, con una precisión de detalles impresionante. Pero además el negativo era el positivo fotográfico, el que ubicaba bien los detalles, como la lanzada en el costado.

Y comienza a ser estudiada la Sábana Santa. Los anatomistas comienzan a interesarse en aquel lienzo. Notan como se muestra correctamente ubicados los lugares de la crucifixión, los clavos, lejos de estar en los lugares (las palmas de las manos) que la imaginería y arte representaba lo hacía por el denominado “espacio de Destot”, un conjunto de hueso cercano a la muñeca y que tendrían la consistencia para aguantar el peso del crucificado, las palmas de las manos no las tenían, se rajaría.

Los pies habían sido perforados por un solo clavo.

Recibió 120 latigazos al modo romano provocando múltiples heridas. Los verdugos fueron dos, un diestro y un zurdo, y habían sido muy cuidadosos de no golpear el corazón. El típico flagelo romano tenía dos pesas en las puntas de cada una de sus tres correas y había provocado múltiples desgarros en la piel.

Además tenía restos de un casquete de espinas que provoco muchas heridas por lo punzante del arbusto espinoso con el que había sido “confeccionado”.

Se le había golpeado severamente en la nariz y mostraba otros golpes en el cuerpo.

Por último: un lanzazo en el costado al modo romano, entre la quinta y sexta costilla, que había perforado el pulmón y posteriormente el corazón, manando de él sangre y líquido pleural que es, curiosamente, narrado por un evangelista como San Juan en su Evangelio.

Se le comienzan a hacer pruebas, la STURP en la década de los 70 el que hace un trabajo más completo y excelso. Aquello fue sorprendente. Se demostró cualidades del lienzo que eran poco menos que imposibles: era un negativo fotográfico, mostraba tridimensionalidad (gracias al analizador VP-8 con el que Jackson y Jumper lo estudian), pólenes desaparecidos ya y que muestran el recorrido por el Mediterráneo, pólenes que incluso llevan más de un milenio desaparecidos. Además el tipo de sangre que mostraba contenía óxido de hierro, Walter McCrome creía que se debía al pigmento ocre de las pinturas pero finalmente el óxido de hierro se encuentra en la sangre y se determinó que era del tipo AB, mayoritario en Israel y en el pueblo judío y minoritario en el resto del mundo, sólo el 3% tiene ese tipo de sangre. ¡Asombroso! Pero hay más.

La Sábana Santa es químicamente estable (la imagen se mantiene, no se borra), es hidrológicamente estable (no se diluye con agua, no es una pintura), térmicamente estable. Además el lienzo tiene la urdimbre y el tipo de hilado propio de los telares de Cafarnaúm, Jerusalén o Alejandría del siglo I d.C. en la típica formación de espiga de pez.
Pero todo no podían ser gratas noticias: en 1988 el cardenal Ballestrero anunciaba que tras la realización de la prueba del carbono 14 a la Sábana Santa se había determinado que era una obra del medievo, de entre el año 1260 y el 1390, siglo XIII o XIV.

Se convulsionó el mundo, pero la Ciencia y la Tecnología avanzaron y hoy sabemos que aquellas pruebas de radiodatación (C-14) no serían válidas por la contaminación del lienzo, posible error al tomar las muestras para los laboratorios que la realizaron, pocas garantías de la cadena de custodia, filtración de datos… Las pruebas hoy día no serían válidas.
Una nueva sorpresa: la Sábana Santa contiene una sustancia llamada vanilina, una sustancia que anida en el lienzo y que su presencia o ausencia podría determinar la edad del lienzo: en función del porcentaje de su presencia en el lienza podemos decir que la Sábana Santa tendría una datación de entre el siglo –I a.C. y el I d.C.

Así las cosas, creer que la Sábana Santa es una falsificación atendiendo sólo a la muy dudosa prueba del carbono 14 es poco menos que pensar que en el Renacimiento pudieron viajar a la Luna… Sería un hecho tan milagroso casi como su formación.

¿Quién es el Hombre de la Sábana Santa? Esa es una cuestión que ya, el lector, tras esta breve aproximación debe responderse así mismo. Para unos es una cuestión de Ciencia, para otros es una cuestión de Fe, tal vez desde la sinceridad del corazón podamos responder cada uno, de forma privada y personal, a esa compleja pregunta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s