Por: Jose Manuel García Bautista

Para explicar cómo fueron las vidas de los andaluces que sufrieron en sus propias carnes el Brazo Secular de la Inquisición, vamos a tomar una etapa precisa de la historia, el siglo XVI. Una etapa en el tiempo en el que la Santa Inquisición hacía y deshacía a su antojo.

Todo recorrido tiene un comienzo, el nuestro comienza aquí y para recorrerlo, lo haremos, esta vez, a través de un relato. Un relato en primera persona, el relato de un inculpado, de un particular e inexistente hereje:

Me intenté incorporar, para mirar a través de los barrotes de mi celda. Aunque apenas podía ver nada, fue en aquel instante, cuando comprendí que las torturas de la noche pasada habían sido demasiado fuertes. Apenas veía por un ojo y la hinchazón del párpado de mi otro ojo no me permitía ver nada.

No sabía exactamente qué hora podía ser, quizás las dos o las tres de la madrugada. El calor era asfixiante y aquella jarra estaba invadida de mugre e insectos de todo tipo. El olor a cirio y a incienso saltaban las murallas de la catedral, queriéndome profetizar que la hora estaba cerca. Pronto, cómo el inquisidor Valdés dispuso, los inquisidores determinarían el momento exacto de la hora del Auto de Fe.

Pude distinguir, entre lo poco que podía percibir, a los emisores encargados en llevar las invitaciones. Supongo, que a los Cabildos de la Iglesia, al Presidente y a sus oidores de la Audiencia, a los demás inquisidores de otros Tribunales de la Santa Fe. Vivimos en unos tiempos, en los que nadie quiere perderse semejante espectáculo. La capacidad de matar es algo innato del ser humano, y si a esto le sumas un extremismo religioso, aunque protocolario, como es en el caso de la Inquisición, el espectáculo se convierte en algo macabro, algo digno de ver por los que matan en nombre de Dios.

Debería rezar en estos momentos de amargura, pero… ¿Cómo?, si una rabia insana me come las entrañas. Aquí me veo, destrozado por fuera y desangelado por dentro. La garrucha, el potro, la rueda, me han dejado graves marcas y como un perro asustado, lamo mis propias heridas para causarme algo de calma. Aún no sé de qué se me acusa y a veces pienso que ellos tampoco lo saben. Han creado un circo para combatir sus propios demonios internos. La abuela Carmen, siempre me inculco que Dios era amor y piedad, pero parece que a aquellos que dicen ser sus discípulos, ese sermón se les ha olvidado.

Han convertido la Fe en algo que mueve montañas, pero no las que dicta la palabra del señor, sino, montañas de falsos fariseos, beatos con alforjas llenas, y gentes sin alma y sin raciocinio propio, capaces de delatar a su madre para salvar su propia Fe. Protocolan hasta los movimientos de las masas, como en los recorridos de los Autos de Fe, donde se agolpan las multitudes como lobos sedientos de sangre, y donde los inquisidores guardan sitios para tal marques o no sé qué duque, y así que no pierda ni un solo segundo de sufrimiento ajeno. Controlan hasta los comercios para que no falte de nada a esos mandamases de la curia, que están dispuestos a convertir en juglares, para el deleite de sus ojos, a los pobres condenados mientras se entusiasman por el olor a hoguera. Incluso irónicamente, siendo ellos la mano ejecutora, son capaces de decretar bandos prohibiendo las armas durante las fechas del Auto, y por si esto fuera poco, piden colaboración a los vecinos para que decoren sus balcones, y a su vez, enciendan hogueras para iluminar la noche. Y por si alguien se escapa, cierran todas las puertas de la ciudad, salvo una, por donde entrará la comitiva lúgubre con un destino incierto.

Pero ya queda poco y encomiendo mi alma al que quiera que fuese ese Jesús de Nazaret, porque él es el único que sabe lo que duele un calvario y una humillación, semejante a la que estoy sufriendo.

¡Y aún tienen la poca vergüenza de pedir por mi alma! Ayer los escuché, escuché sus rezos desde la fortaleza, dos sobrias procesiones recorrían las calles de la capital. Una pidiendo por la conversión de los que morirían al día siguiente; pobres, mendigos, niños y niñas, andaban por las calles rogando por la conversión de unos, y el arrepentimiento de otros. En la otra procesión, la imagen sería similar, la procesión de la Cruz Verde, símbolo del Santo Tribunal, que como una viuda, la cubren con un velo negro. Luego, como mandan las normas Inquisitoriales, llevarían la cruz a un sitio privilegiado del tablado. Puedo imaginarme como los frailes han estado custodiando la Cruz toda la noche, cantando y diciendo misas, a la espera de que los reos aparezcamos resignados en busca de nuestro infame destino.

Castillo de Triana / San Jorge
Pierdo el conocimiento por momentos, pero algo se está tramando en esta Sede del Tribunal de la Inquisición, en esta antigua fortaleza almohade de Triana, imagino que ya han deliberado sobre los resultados de las entrevistas individuales de los confesores y se está confeccionando la lista definitiva.

Un confesor ha entrado en mi celda para llevarme fuera, tiene prisa, todo debe estar preparado para antes de que se levantase el sol. El interior y los alrededores del Castillo se han convertido en un hormiguero humano, poco a poco, todos, victimas, verdugos y testigos, nos hacen apelotonarnos en el Patio de Armas, donde terminará formándose una larga comitiva con dirección al centro de Sevilla.

Puente de Triana
Escoltados por una gran masa de soldados, iniciamos el camino. Las piernas no me responden, por el dolor intenso de las plantas y miro a un lado y al otro, y las caras parecen las mismas, caras vacías tras hábitos vacios. Un rumor que discute con el de las cigarras, compitiendo por poner la melodía de este cortejo inmundo. Solo el ruido de los pies nos acompaña y marca el paso cansino el puente de barcas. Dejamos atrás la fortaleza inquisitorial, y cruzamos como podemos el río Guadalquivir por el puente de barcas (lo conocemos hoy por el de hierro). Luego atravesamos el Arenal, y alcanzamos la entrada a ciudad por la puerta de Triana.

Parroquia de la Magdalena

A mi lado se ha desplomado un pobre anciano, ni siquiera los llantos de un semejante, son capaces de reblandecer un poco el áspero corazón del Brazo Secular. Caminando por angostas y tortuosas calles, giramos a la derecha, encarando la calle Pajería (hoy calle Zaragoza), hasta consumar en el arquillo de Atocha (lugar que ya ha desaparecido). Ésta, la calle Pintores (en la actualidad Joaquín Guichot), la conozco, aquí nació mi primer hijo, Alfredo. Pero ni siquiera tengo valor para recordar a los míos, porque llegamos ya al lugar donde seré juzgado, la Plaza de San Francisco.

Plaza de San Francisco
Todo es bullicio de la muchedumbre, los inquisidores, se encargan de que todo el mundo esté en su sitio dentro del protocolo. Todo el mundo quiere un espacio privilegiado y con buena visibilidad. Dos tablados en forma piramidal, construidos rudimentariamente, se alzan frente a nosotros. Uno frente al otro.

Nos suben a los penitentes, y nos indican cual es nuestro sitio, según la gravedad de las acusaciones. A mí me han sentado en la última fila, la peor, donde solo se sientan los que van a ser quemados vivos. A los lados del tablado, han colocado las estatuas de quienes han tenido la fortuna de haber muerto o huido antes de concluir el proceso. Estas, también serán pasto de las llamas.

Frente a nosotros, en otro tablado, se juntan los Inquisidores, familiares e invitados de honor. Entre ellos logro distinguir algunas caras conocidas, los obispos de Tarazona y Canarias, los condes de Olivares, Gelves y del Castelar. Por supuesto, también se encuentran entre ese nido de buitres, la duquesa de Béjar acompañada del marqués de Gibraleón y el pésimo de su hijo. Comienza el Sermón de la Fe, preludio de la lectura de las sentencias. El calor es abrasador, pero ya poco me importa que abrase mi piel. No paro de mirar el estandarte de la Santa Inquisición, pero ni un soplo de aire corre por nuestras pálidas mejillas. Ya todos están instalados y de pie, con la mano derecha levantada y en ella formando con los dedos la señal de la cruz, van jurando todos colaborar y defender al Tribunal y a sus Ministros.

Abajo, entre el público, observo los ojos de una niña inocente, sus ojos están llorosos, y no para de llamar a su Papa, que está justamente a mi diestra. Junto a la niña, una mujer gruesa, destapa una mirada de ira casi acusatoria contra la pequeña, tienen las mismas facciones, es su madre, segura delatora de las culpas de su marido.

Permanezco totalmente ajeno al acto en sí, creo que han empezado ya la lectura de las sentencias, en las que se alternaban varios secretarios. Las sentencias, habían sido previamente sacadas de la caja fuerte, custodiada hasta el momento. Solo se, que llevamos largo tiempo aquí parados y aún desconozco mis culpas.

La lectura del texto, se me hace extremadamente largo, se compone de dos partes. En la primera, que ocupa la mayor parte del tiempo, se resume el proceso, destacando los casos más punibles para el Tribunal, y en la segunda, se da el fallo con un nuevo y más efímero resumen de la causa y la pena que asignan.

«¡Culpable!, ¡Culpable!, ¡Culpable!», Dios mío, apiádate de este alma que no entiende de juicios ni de denuncias, y que está a punto de morir quemado por el único pecado de escribir un libro, al que han querido tachar de prohibido.

Con la frase «a los cuales muy encarecidamente rogamos que se hallan misericordiosamente con el susodicho…» se me revelaba, que mi caso, pasaba a manos de los ejecutores civiles. Uno de los suyos está siendo juzgado junto a nosotros, un sacerdote joven e igual de asustado que el resto, que no para de balbucear jaculatorias y santiguarse pidiendo el perdón de su alma. De forma ritual, le despojan de sus ropas eclesiásticas, le dan pequeños pero abundantes cortes con un cuchillo fino en las palmas de sus manos, labios y tonsura, queriendo darle a entender que se le retira el óleo con el que fue ungido. Sólo quedan allí, los condenados con penas leves esperando terminar con el ritual que culminará con la flagelación, con las varitas de mimbre.

Tras cantar el Salmo Miserere mei Deus, las autoridades eclesiásticas han recibido a aquellos que se encargarán de llevarnos a nuestra última parada, el quemadero. La comitiva de nuevo se pone en marcha, acompañados por los Niños de la Doctrina y algunos frailes, que insistentemente nos piden la confesión. También por delante del grupo va un pelotón de soldados abriendo camino entre los más curiosos, al igual que por detrás. A los más obstinados de la comitiva, nos han sentado en burros, atados y puestos al revés como simples peleles, para no dar más problemas.

El Quemadero del Prado de San Sebastián
Hace algunas horas que dejamos atrás el lugar de las sentencias y ya con el brazo secular como acompañante, no llevan a la pira, donde seremos quemados vivos por gloria y gracia de Dios.

Han decidido demorar un poco el acto para que el calor se evapore con la oscuridad de la noche. Así que caminamos despacio, recibiendo miradas e insultos de los que por las calles se congregan.

Desde la Plaza de San Francisco, seguimos por la Avenida de la Constitución, torcemos por la calle Alemanes y, tras bordear la Giralda y pasar entre los Reales Alcázares y el Archivo de Indias, desembocamos en la Puerta de Jerez, por la calle de San Gregorio. Ya en campo abierto, la comitiva de penitenciados somos solo simples despojos humanos con olor a orines. Nosotros y nuestro acompañamiento, encaminamos nuestros pasos hacia el lugar donde seremos pasto de las llamas. (Esta segunda etapa del recorrido la recordaremos con los nombres actuales de las calles).

La Puerta de Jerez, que hasta este momento había permanecido cerrada, dejó caer su compuerta de hierro con picas muy largas haciendo un gran estrepito. El lugar elegido está fuera del recinto amurallado y próximo al lugar donde se alza la horca pública, (a espaldas del actual Pabellón de Portugal). Aquel endemoniado cadalso, parecía una mesa de mampostería con las patas hacia arriba.

Delante de mí, algunos se arrepienten, sabiendo que la única misericordia que les aguarda es ser estrangulados antes de ser quemados. ¿Qué muerte preferir?, y si no me estrangulan del todo y solo pierdo el conocimiento. ¿Qué pasaría si de mi inconsciencia despertase por el calor del fuego? Prefiero morir solo una vez. Con un poco de suerte, mi corazón estallará antes de sentir el calor de las llamas.

Fray Josep Díaz Pimientas, un buen hombre, también decide por su arrepentimiento y rápidamente le han dado garrote, y con ligereza a muerto, con solo media vuelta, sin menear los pies. Luego le pusieron el Capotillo y Coraza, con el que será quemado.

Ahora es mi turno. Con hombría intento subir al patíbulo. Mientras me atan, no dejo de pensar si aquel libro, La Guía Secreta de Sevilla, por el que hoy me encuentro aquí, morirá conmigo o en años futuros será leído por algún visitante.

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