Por: Jose Manuel García Bautista

Esta es una de esas historias que todo buscador de lo imposible, todo curioso del misterio, deja a un lado; quizás por que añadirla a un caso que ya de por si era espectacular hubiera sido sumar dudas a un controvertido tema.

Sucedió hacía el año 2003, enfrascados en una investigación histórica en un restaurante en el que decían que estaba poseído por fantasmas, espectros que moraban en su interior y que atormentaban a empleados y clientes, almas en pena que paseaban por aquellos salones y que dejaban sentir su gélida presencia manifestando todo tipo de fenómeno extraños.

Aquella investigación estuvo iniciada por el investigador Jesús Conejero, en pleno centro de Sevilla, en la calle Laraña, en un lateral que es la calle Arguijo. Allí estaba el “restaurante de los fantasmas”, desde allí se narraron todo tipo de experiencias ante los micrófonos de la Cadena SER y del programa de misterios “Milenio 3” dirigido por Iker Jiménez.
Psicofonías como “Mamá soy yo,…yo”, “madre viven en silencio” o “¡A cenar!” fueron algunas de las psicofonías que allí registraron divulgadores como Clara Tahoces, Nacho Ares o Javier Sierra.

Experiencias de visualización de sombran errantes como las presenciadas por los investigadores Francisco Contreras Gil o Luis Mariano Fernández y otros fenómenos vivido junto a los técnicos de la Cadena SER en Sevilla dieron un aura realmente espectacular a este caso que quizás no necesitaba de tanta parafernalia mediática que luego sirvió para cuestionar y poner en duda lo que allí sucedía.

Polémicas aparte es, el caso del “Restaurante Viandas”, uno de esos casos donde uno se reencuentra con el misterio, de los mejores documentados de España, publicados en Francia, Inglaterra o Estados Unidos -en la revista “Fate”- y donde, desde luego, si hubo un fraude -que no se ha demostrado sino todo lo contrario, el primer engañado fui yo.

Allí ocurrían hechos extraños, los vivimos todos, incluso, en contra de mi voluntad de realizó una ouija, teniendo como participantes a Iker Jiménez, Carmen Porter y Mariano Revilla junto al que esto les escribe y aquel vaso se movía a velocidad de vértigo, si bien es cierto que la mente del ser humano puede obrar tal “prodigio”.
En esa investigación estaba enfrascado cuando Jesús Conejero me dijo: “Oye, ¿no vas a hablar del caso de la monja endemoniada?”.

Yo respondí: “¿Qué caso es ese Jesús?”.

Y vehementemente mi amigo me dijo: “una noche, hace unos años tuvo que venir una ambulancia para auxiliar a una monja de un edificio cercano de “Viandas”, porque decía estar poseída”.Ante esta afirmación categórica le dije: “mejor no Jesús, es demasiado sensacionalista unirlo a lo que hay; aunque no dudo de lo que me dices restaría credibilidad”, ironías de la vida.

Aquella historia de apariciones y fantasma pasó como pasa el tiempo y año después tuve la oportunidad de establecer contacto y amistad con un médico muy conocido en la ciudad. Hablando de experiencias personales me dijo: “¿Cómo es que jamás hablaste en el tema de “Viandas” de la “monja endemoniada?”.

Y mi respuesta no se hizo esperar: “Por qué jamás pude contrastarla, todo eran silencios y ante eso poco se puede hacer, pero ¿tú como sabes eso?”, repliqué.

Y mi contertulio me dijo: “Cierta noche recibimos un aviso, se debía ir con urgencia a la calle Arguijo porque algo muy raro le había sucedido a una religiosa.

El equipo médico llegó y se encontró a la religiosa presa de un severo ataque de pánico, estaba histérica. Las compañeras, quizás por ser parte de la religión y lo que tenían más cerca, decían que estaba poseída.

Se la atendió, se le dio un calmante y se la tranquilizó. Fue una intervención en aquella noche tan especial y tan misteriosa, un caso real como que tú y yo estamos hablando aquí y ahora José Manuel”.

Me dejó intrigado y le dije: “Si, dijo haber visto salir de la pared que daba al restaurante a un ser que cruzó su habitación y desapareció por la otra pared. Creyó que se trataba del demonio y entró en estado de pánico”.

El investigador Jesús Conejero dijo que sólo balbuceaba entre muecas: “He visto al demonio”.
Entonces mi curiosidad fue a más y le dije: “¿y cómo se yo que no es una leyenda urbana?” y él respondió: “Sencillo José Manuel, aquella noche uno de los médicos era yo”.

Y ante tamaña explicación de un cualificado testigo ¿quién se atreve a poner en dudas su experiencia?

Con el tiempo pude seguir “tirando del hilo” que me dejó aquel caso y verifiqué los extremos de una historia que entraría en lo mental, pero -¿quién sabe?- si atribuible a un fenómeno paranormal vivido por aquella monja una oscura noche en su habitación junto al restaurante “Viandas”, el inmortal restaurante de los fantasmas.

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