Por: Jose Manuel García Bautista
No se saben los mecanismos por los cuales un objeto puede adquirir connotaciones demoniacas, diabólicas o malditas y tras un periodo latente despertar para manifestar hechos paranormales impropios de la realidad.

A poca distancia de la Casa Fabiola nos encontramos otro lugar marcado por los fenómenos paranormales. No se saben los mecanismos por los cuales un objeto puede adquirir connotaciones demoniacas, diabólicas o malditas y tras un periodo latente despertar para manifestar hechos paranormales impropios de la realidad.

La cuna maldita en Calle Cabeza del Rey don Pedro
En ocasiones lo imposible, lo inexplicado, nos llega sin saber cómo ni por qué, simplemente un día comienzan a manifestarse fenómenos inquietantes en nuestro propio domicilio y el misterio surge con tremendo poder para sembrar la inquietud y el miedo en nuestro hogar.
La historia de Laly es particular, singular… Recién mudada a una nueva casa, con su marido y su hijo recién nacido, su vida transcurría con normalidad. En cierta ocasión, teniendo su esposo el día libre, se dio un paseo por el mercadillo de la calle Feria, el denominado Jueves por ser el día en el que se pone allí, y se encaprichó de una cuna blanca antigua; el precio era irrisorio: 35 euros. Ni regateó con el vendedor, quiso llevársela de inmediato para que fuera parte de la vida de su hijo pequeño…
Llegó a casa, notó que no cabía montada por la escalera y montó la cuna en la habitación del niño, la limpió y la preparó para acomodar allí al pequeño… Pronto comenzarían a surgir los primeros problemas en aquella casa, coincidiendo con la llegada de tan bello presente. Hacía meses que Laly se había mudado a una nueva casa, que llevaba años sin ser alquilada. Era una casa preciosa, toda blanca, rústica y con un patio sevillano muy bonito. Estaba muy bien situada pues se encontraba en el centro de Sevilla, en el casco antiguo, allá vivía con su marido Juan y su hija María, un bebé precioso que apenas contaba siete meses.
Un día, estaba Laly haciendo la comida en su cocina, una cocina amplia a la que se accedía por una puerta de marco pequeño, por el cual sólo cabía una persona, cuando escuchó a su pequeña llorar a través del transmisor para bebés. Subió a la habitación de la pequeña llevando consigo el biberón con un poco de agua, por si la pequeña tenía sed.
Al entrar en la habitación observó que María dormía plácidamente, así que volvió a la cocina, pensando que, quizás, su conciencia alerta le había jugado una mala pasada. Estaba cortando unas verduras cuando volvió a oír a la niña por el transmisor, esta vez un poco más fuerte y más tiempo, así que de nuevo fue a la habitación de María. Al llegar, ésta seguía dormidita en su cuna y no daba señal de haber llorado… Laly volvió a la cocina, ya un poco enfadada.
La vitrocerámica la tenía a espaldas de la puerta de salida, se encontraba allá, sofriendo la verdura. De momento oyó de nuevo el llanto de la niña, que era mucho más fuerte y más largo que los dos anteriores. Esta vez no tuvo que ir a la habitación de María, pues al volverse para acudir al llanto, María se encontraba en la cocina con cuna incluida. Laly cogió a su pequeña, salió despavorida de la casa, llamó a su marido y le pidió que fuera a casa de inmediato. Al llegar se encontró a la mujer con la niña en brazos y la cuna en la cocina, ¡había bajado desde la tercera planta!
Comenzó a desmontarla para tirarla y por el emisor comenzó a sentir un llanto, un llanto que lo dejó helado y que identificó con el de una mujer llorando, un llanto vinculado al pasado de esa cuna.
¿Cómo pudo pasar la cuna por aquella escalera y puerta tan estrecha? La cuna actuó como un desencadenante, como una chispa que abrió la caja de Pandora que desbordaron los fenómenos inquietantes en aquel lugar.
A veces los objetos se convierten en una maldición, los vemos en mercadillos o escaparates, sentimos una irrefrenable atracción por ellos y sucede lo inevitable: lo compramos y nos los llevamos. A partir de ese momento un objeto maldito ha entrado en nuestro hogar.
La llamada del más allá en Calle O’Donnell
El ser humano siempre ha sentido una inquietud por el momento de la muerte, saber si habrá algo más allá de la vida o si, por el contrario, todo se acaba con el final de nuestra existencia y nos sumimos en un sueño eterno del cual no volveremos a despertar.
Es una cuestión turbadora, preocupante, que llena de temor a quienes se lo plantean. Internamente creemos que debe haber algo más pero la realidad es que nadie ha vuelto de la muerte para decirnos lo que nos vamos a encontrar, al menos que sepamos de una forma que ampare la Ciencia más ortodoxa.
Pero, sin embargo, los investigadores del misterio, lo extraño, lo inexplicado, acumulan cientos de horas con grabaciones de testigos que dicen haber regresado de la muerte tras sufrir una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte), de miles de registros de psicofonías, de las llamadas voces de los muertos que yo llamaría mejor voces del misterio porque aún no sabemos ni qué son ni a quién pertenecen ni qué es lo que quieren o qué lo originan, ni tan siquiera podríamos englobarlas bajo la denominación de paranormal y sí de inexplicadas.
Otros investigadores se afanan en las técnicas de transcomunicación instrumental o TCI, que hacen que puedan incluso registrar psicofonías o psicoimágenes en un televisor de personas ya fallecidas certificadamente, para ellos presuntamente desde el otro lado. Muchos incluso ven en ello la prueba de que el más allá existe.
En nuestra sociedad actual rara es la persona que no tiene un dispositivo de teléfono móvil, un smartphone o similar que sirva para todo y que lo que menos se use sea el teléfono, paradojas. Bien, es en estos dispositivos donde se han registrado en los últimos años un fenómeno igualmente inquietante: llamadas telefónicas de personas fallecidas a sus familiares o amigos.
Esto que puede parecer ciencia ficción es una realidad, al principio muchos pseudoinvestigadores tomaron a broma dicha posibilidad, con el tiempo han sido muchas las personas, medios y revistas que han publicado sobre llamadas de voz o mensajes de texto de una persona fallecida y que, ciertamente, parecía su voz o su forma de escribir.
Así, el último caso, se registra en la ciudad de Sevilla, en pleno casco histórico. Un señor dedicado a las Artes, a la pintura, sufre el fallecimiento de su padre anciano a los 82 años. Se encontraba enfermo y el fatal desenlace estaba próximo hasta que se consumó.
Tras ser enterrado y llorado pasó el tiempo. A los casi cuatro meses, la noche del cumpleaños del finado su hijo no podía conciliar el sueño, estaba particularmente sensible pensando en que su padre no pudo ver su 83 cumpleaños.
Eran las dos de la mañana, estaba viendo la televisión, un canal de documentales cuando, de repente, sonó el teléfono. En la pantalla podía leerse: «Papa 605…», lo sobrecogió y tras dejarlo sonar un par de ocasiones, pensando que alguien podría haber cogido el teléfono de su padre o estar gastándole una broma, se decidió a contestar.
–¿Quién es? , dijo con voz inquieta.
Sólo se escuchaba el mudo silencio… Pero una voz a lo lejos, muy a lo lejos, le dijo:
–Hijo, soy yo, yo, papá.
Nuestro protagonista no lo podía creer y aquella voz prosiguió:
–No debes preocuparte por mí, estoy bien. Aquí está mamá, somos felices, este es un lugar maravilloso.
Y comenzó a hablarle de su infancia, de los buenos tiempos, de lo mucho que le había querido. Parecía como si todavía estuviera vivo y quisiera hacerle ver que estaba aún vivo. La conversación duró doce interminables minutos de emociones, sentimientos y palabras.
Tras concluir recordó que las pertenencias de su padre las tenía él en un mueble y corrió hacia su despacho. Sacó la caja y comprobó con horror cómo el móvil de su padre estaba allí, en su solitaria casa… La llamada era imposible y, sin embargo, él habló con su padre.
Con toda la carga subjetiva que esta historia real tiene, ¿quién no ve una luz de esperanza al final de este camino que es la vida?
Apariciones en el Palacio de San Telmo
Presidencia de la Junta de Andalucía, Paseo de las Delicias
Mis buenos amigos de Sevillapedia me ofrecen la mejor descripción del siguiente punto donde habita el misterio en la capital hispalense: el Palacio de San Telmo.
El Palacio de San Telmo, sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía, comenzó a construirse en el año 1682, en terrenos extramuros propiedad del Tribunal de la Inquisición para sede del Colegio Seminario de la Universidad de Mareantes en la que se acogía y formaba a los huérfanos de los marineros.
La fundación del Colegio de San Telmo es anterior, de 1671, y sobre esa fecha se realizarían los planos, de los que no se sabe quién fue su autor, que bien pudo ser de origen sevillano o madrileño, pues la construcción se realiza bajo patronato real.
Su proceso de construcción se demoró durante más de medio siglo debido a distintas dificultades, generalmente de orden económico, que obligaron incluso a parar la obra en alguna ocasión.
La falta de documentación necesaria impide conocer bien los comienzos de las obras, de las que no se conoce su director hasta el año 1691 cuando aparece al frente de ellas Antonio Rodríguez, quien permanece en el cargo hasta 1696, llevándose a cabo en ese tiempo la realización del costado sur del edificio.
A partir de esta fecha se interrumpen las obras hasta 1722, año en que aparecen Leonardo de Figueroa como maestro mayor de las mismas y su hijo Matías como primer ayudante; siendo del primero de ellos la realización de la mayor parte de este edificio: el patio central, la capilla, la enfermería, la fachada principal y su portada, donde aparece la fecha de 1734, probablemente el año de finalización de la misma.
Tras ser construido para sede de la Universidad de Navegantes, pasó un siglo más tarde a ser Colegio de Marina, siendo adquirido en 1844 por los Duques de Montpensier, que lo transformaron y modificaron adaptándolo para su residencia en Sevilla.
Posteriormente la Duquesa de Montpensier, la Infanta María Luisa de Orleans, lo cedió al morir a la Archidiócesis de Sevilla para su adaptación como Seminario, habiendo donado además sus jardines a la ciudad, convertidos en lo que hoy forman el espléndido Parque de María Luisa.
Y finalmente, en el año 1989 el palacio es cedido por el Arzobispado de Sevilla para albergar en él la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía.
Se trata de uno de los edificios más emblemáticos de la arquitectura barroca sevillana. Presenta planta rectangular con varios patios interiores, uno de ellos central, torres en las cuatro esquinas, capilla y jardines. La capilla, a la que se accede desde uno de los patios, es obra del arquitecto Leonardo de Figueroa y en su decoración interior participaron: Pedro Duque Cornejo –escultor–, Miguel de Quintana –cantero–, Domingo Martínez –pintor– y Juan Tomás Díaz –carpintero–. Es de un exuberante barroquismo y está presidida por la imagen de Nuestra Señora del Buen Aire, de principios del siglo XVII.
En su fachada principal destaca la magnífica portada de estilo barroco, donde intervienen también otros miembros de la familia Figueroa, en concreto de Matías y Antonio Matías, hijo y nieto de Leonardo de Figueroa, su coste fue de 50.000 pesos. En ella, enmarcada por columnas con motivos figurativos y geométricos, se observa en su parte superior la figura de San Telmo, patrón de los navegantes, flanqueado por los patronos de la ciudad: San Fernando y San Hermenegildo. Algo más abajo aparecen doce figuras de mujeres: seis a cada lado, que simbolizan las asignaturas de las artes del mar que se estudiaban en la Universidad de Mareantes. Soportando el balcón se esculpen con aspecto de indios unos poderosos atlantes.
La configuración de esta portada, tanto por su acertada composición arquitectónica como por su admirable sentido decorativo, ha sido considerada como una de las piezas clave de la arquitectura española de esta época, además de la más espléndida de todo el barroco sevillano. De su conjunto sólo el remate del tercer cuerpo no es original, pues al ser destruido éste al año de su realización por un rayo, fue reconstruido algo más tarde bajo una estética de corte neoclásica.
Los ‘Doce Sevillanos Ilustres’
Coronando la fachada situada en la calle Palos de la Frontera, en dirección al Hotel Alfonso XIII, se encuentran las esculturas de los Doce Sevillanos Ilustres, obra de Antonio Susillo, y que son:
Fray Bartolomé de las Casas, religioso, Obispo de Chiapas (México) y protector de los indios; Fernando Afán de Rivera, duque de Alcalá, humanista; Bartolomé Esteban Murillo, pintor; Benito Arias Montano, humanista; Luis Daoíz, militar héroe de la Guerra de la Independencia; Fernando de Herrera, poeta; Diego Ortiz de Zúñiga, historiador del siglo XVII; Lope de Rueda, escritor; Miguel Mañara, caballero y filántropo fundador del Hospital de la Santa Caridad; Diego de Silva Velázquez, pintor; Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz y capitán general de la Reconquista de Granada; y Juan Martínez Montañés, escultor.
Entre ellos hay tres que son sevillanos de adopción, pues no nacieron en Sevilla, aunque vivieron y murieron en ella. Son: Arias Montano (de Fregenal de la Sierra), Rodrigo Ponce de León (de Cádiz) y Juan Martínez Montañés (de Alcalá la Real).
Bien, allí por motivos profesionales estamos en contacto con personas que suelen acudir a grabar programas de corte político e información política, en concreto Canal Sur tenía un programa llamado Parlamento en el que se daba cuenta de toda la actividad que se generaba en torno a tan denso tema.
Cuando se acudía a realizar una grabación o se grababa al presidente de la Junta de Andalucía comenzaba el rosario de fallos. Los equipos presentaban un comportamiento anómalo, extraño, los ascensores subían y bajaban como llamados por unas manos invisibles, se escuchaban pasos, pisadas provocadas por alguien invisible en tan insigne edificio…
Los que allí realizan su labor de vigilancia (Policía Nacional o vigilantes de seguridad) atribuyen los fenómenos extraños (los cuales ni dudan ya a estas alturas) al fantasma de una persona perteneciente a la familia de los Montpensier, tan vinculados a Sevilla y a ese magnífico edificio.
Los esforzados y sufridos trabajadores de la noche, los guardias de seguridad (nuestro agradecimiento y reconocimiento a su labor es infinita) atestiguan haber visto cosas que rayan lo imposible: «Mira, lo que aquí sucede es muy extraño, se ven cosas raras y se oyen crujidos y pisadas y eso da mucho susto».
Otro compañero nos decía: «No sólo se escuchan esas pisadas, es que también se oyen perfectamente el arrastrar de unos pies y se siente una presencia, muy clara, y unas bajadas de temperatura que son tremendas: te puedo garantizar que por nuestro trabajo y experiencia no se trata de sugestión, es algo muy raro».
Las limpiadoras del edificio también tienen mucho que contar: «Mira, José Manuel, nosotras lo pasamos aquí fatal, pero fatal fatal… Nosotras vamos juntas porque sola es insoportable. Se escuchan las taquillas sonar, se ve gente pasar, gente como monjas y niños, y aquí ni hay monjas ni hay niños… se oyen lamentos y gritos. Esto es un infierno».
Los equipos electrónicos de grabación suelen comportarse de forma extraña, tanto que durante una grabación en el edificio el equipo no iba bien, el personaje entrevistado era el presidente y conocedor de lo que allí sucede trató de dar calma a los técnicos con un lacónico: «Tranquilos, esto que está pasando es normal».
No hay mujeres de seguridad, se han negado a trabajar allí, por su especial sexto sentido femenino allí han vivido hechos difíciles de narrar: «Yo trabajé allí al principio del servicio y vi claramente a un niño a las tantas en el patio… Era un fantasma».
Lamentos, apariciones, llantos infantiles en un edificio con tanta carga emocional y tanta historia que lo imposible se hace realidad en su interior.
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Un comentario sobre “FENÓMENOS INEXPLICABLES EN SEVILLA

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